Arguments científics contra les grans superfícies

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Tesina de la UPV cuestiona el modelo de consumo de las grandes superficies

Hace un llamamiento a las y los conusmidores para que apoyen a las y los productores locales

“Centros comerciales y grandes cadenas de distribución: implicaciones ambientales, socioeconómicas y juridicopolíticia” es el título de una tesina presentada este año en la Universidad del País Vasco por parte de Samuel Migue Hernández . En ella, además de analizar el impacto de estos centros en el medio ambiente, las y los agricultores, el pequeño comercio y en sus propios empleados y empleadas, hace una valoración crítica de los aparentes aspectos positivos que se dice que tienen. Por otra parte, para reducir el impacto ambiental y social que supone el consumo en las grandes superficies, el estudio sugiere acciones que las y los propios consumidores pueden poner en práctica. Así habla de “apoyar a los pequeños productores locales y animarles a que canalicen comercialmente su producción; colaborar con ferias y mercados campesinos; cultivar frutas y verduras en los domicilios particulares; presionar a las diferentes administraciones para que realicen estudios de impacto ambiental y socioeconómico ante cualquier iniciativa dirigida a incrementar el tamaño o la cantidad de infraestructuras comerciales grandes o medianas, etc”.

Perjuicio a las y los productores locales

La tesina indica que “el modelo de distribución moderna ha contribuido a debilitar53, cuando no eliminar, la capacidad de las regiones para producir
sus propios recursos alimentarios a lo largo del año. En este sentido, como cada vez un mayor número de zonas rurales adaptan sus formas de producción a la demanda de mercados lejanos (en principio más lucrativos), las mismas van abandonando un modelo productivo más ligado a las necesidades locales (agricultura de autoconsumo, poco o nada especializada), lo que las va haciendo más dependientes, a su vez, de la importación de unos alimentos que, con unos incentivos y un apoyo adecuados, bien podrían producirse localmente. Este proceso acarrea consecuencias sociales
importantes”. Explica que las grandes cadenas de distribución de alimentos aprovechan la posición de poder que, al ser los mayores agentes compradores de víveres, tienen en este mercado para asegurarse el control sobre los productores. Esto va más allá, incluso, de la capacidad de dictar los precios de venta a aquéllos y alcanza las condiciones bajo las cuales el producto se produce, así como la forma en que es entregado.

¿Aspectos positivos?

Respecto a que los grandes centros comerciales y grandes superrficies crean empleo, señala que no sólo debe hacerse un análisis meramente cuantitativo sino, también, cualitativo sobre estos nuevos puestos de trabajo (en base a la temporalidad, los salarios,…). En cuanto a que fomentan la inversión, afirma que debe efectuarse un análisis en profundidad sobre la proporción de la plusvalía, generada por el capital invertido, que se queda en el lugar de instalación del centro de consumo en cuestión (no debe olvidarse que, generalmente, se trata de capital foráneo). “Además, también debe estudiarse si dicho proceso, iniciado con la construcción del centro (muchas veces tras la preceptiva recalificación de suelo por parte de la administración correspondiente), conlleva una cierta redistribución de la renta local o, por el contrario, fomenta una mayor concentración de la misma y, con ello, contribuye a fortalecer a una elite local cada vez más poderosa”.

Sobre la ampliación de opciones para los consumidores, apunta que debe valorarse si el tiempo de ocio de las y los ciudadanos debe estar vinculado, en un elevado grado, al consumo, más concretamente al ofertado en dichas superficies; la relación que dicho modelo de consumo tiene con la búsqueda de estilos de vida más sostenibles ambientalmente (sobre todo en los países enriquecidos); si la socialización propiciada por este tipo de ocio, sobre todo en lo que a los menores de edad respecta, es adecuada o no a la hora de construir sociedades más justas y solidarias, etc. Además, no se puede dejar de lado, desde una perspectiva sociocultural, el impacto que esta forma de ocio tiene en las culturas y formas de vida autóctonas.

Sobre la disminución de precios, a su juicio, debe reflexionarse sobre la proporción de bienes y servicios que realmente se abaratan; el costo extra –económico, ambiental, físico-emocional (estrés),…– que puede suponer desplazarse a este tipo de superficies, situadas muchas veces en áreas periféricas urbanas, al, por ejemplo, tener que hacer uso del vehículo privado, etc. “Todo ello sin tener en cuenta la externalización de costos que implica el sistema de producción y consumo alentado por este tipo de establecimientos, tanto desde el punto de vista ambiental como socioeconómico e, incluso, cultural y ético: traslado de productos desde lugares lejanos; uso y abuso del empaquetado y el embalaje; condiciones sociolaborales para con las y los empleados de dichos centros; impactos de todo tipo en las comunidades de países del Sur donde se producen bienes destinados al mercado de la gran distribución.

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